Víctor Hugo Rodríguez Tórrez
Desde el Estado principalmente es crónico el olvido de nuestras
fronteras internacionales. No obstante, con el amor propio de sectores
conscientes es planteada la presencia nacional en aquellos linderos. Es
el caso de Villazón y su estoico pueblo.
Independientemente de otras fronteras mejor asistidas y
batiéndose entre sus limitaciones, mantiene la firmeza para hacer
prevalecer la honra nacional respecto al Estado argentino con el que
colinda. En la plúmbea altiplanicie del yermo sur andino, Villazón
(apellido oriundo del Reino de Asturias, en Cantabria), asume los retos
dando la cara. No en vano su blasón proclama al “diamante que se pule
solo”.
Es la pujante capital de la provincia Modesto Omiste. Cuenta con
poblaciones aledañas como Berque, Mojo, Moraya, Chagua, Casira,
Chipihuayco, Sarcari, San Pedro de Sococha, Salitre, Sajnasti y Yuruma.
Dichas comunidades todavía aguardan la acción de los órganos públicos,
por su derecho constitucional de ser visibilizadas e incorporadas como
protagonistas en el nuevo orden plurinacional.
Con un siglo de vida a cuestas, Villazón extendida en la Sierra
de Escaya y frente a La Quiaca, Jujuy, prosigue en la brega desigual. La
indiferencia desde el poder no toma nota de su histórica foja de
servicios brindados a Bolivia, principalmente en la Guerra del Chaco,
cuando cumplió un heroico papel centinela contra el peligro externo. Fue
entonces baluarte estratégico y táctico por la seguridad nacional. A
partir de la posguerra, fue tal vez hasta la década del 70 el principal
puerto seco y vital ramal ferroviario en el intenso comercio importador y
exportador que no la benefició. Sarcásticamente, lo que le correspondía
recibir enriqueció a otras ciudades y fronteras. Por su estación
ferrocarrilera fluyeron miles de zafreros bolivianos, quienes hicieron
florecer la agroindustria en el norte argentino.
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